sábado 9 de enero de 2010

La cocina

Agitado, de un brusco movimiento se apoyó en la mesada de la cocina. La remera de algodón blanca empapada de sudor y sangre, al igual que su jean gastado. Sus dos manos descansaban a ambos lados de su cadera, aferrándose al granito; en la derecha todavía sostenía el enorme cuchillo.
Una gota de sudor atravesaba lenta su frente, y seguía por su mejilla, bordeando antes su ojo. Ojos que no daban crédito de lo que veían: los azulejos verdes, los armarios de madera y el techo estaban cubiertos de sangre; el forcejeo se hacía evidente por las formas que tomaban las salpicaduras en cada una de las superficies alcanzadas. En la pileta, el intenso rojo estaba diluído en el agua.
Trató de recordar lo que había pasado minutos antes, cómo una situación a todas luces normal había devenido en semejante enchastre.
La carne desgarrada estaba regada por el piso, visión que le provocó una arcada. ¿Cómo limpiaría todo eso? ¿Pasaría desapercibido a los ojos de los invitados que estaban a punto de llegar?
Azar o destino, o, simplemente, casualidad, mientras consideraba esos interrogantes sonó el portero: ya habían llegado, no habría tiempo para nada.
Levantó el auricular haciendo todo lo posible por vencer a los temblores de su mano. En la otra, el cuchillo seguía apuntando hacia los mosaicos blancos y negros, dispuestos como un tablero de ajedrez, convertidos en una escena desagradable y macabra.
-Sí, ya les abro-, dijo a sus invitados, y presionó el botón para abrir la puerta que daba a la calle. -¿Pasaron? Listo, suban-, balbuceó mientras colgaba el aparato.
Volvió a la cocina y se quedó parado sin atinar a hacer nada. No pasaría mucho tiempo antes de que los invitados suban los 12 pisos en el ascensor, por lo que sólo atinó a agarrar una caja de fósforos, abrir la llave de gas y encender uno cerillo.
Omnubilado con la persistente llama, no notó los pasos que se apuraban detrás de él. Había dejado la puerta que daba al pallier abierta. No escuchó que lo llamaban, y esa falta de respuesta alertó a los invitados, por lo que se apresuraron a llegar a la cocina.
Tardaron un poco en entender lo que estaba pasando. De espaldas a ellos, el anfitrión alternaba su atención en las llamas y en los restos dispersos entre charcos de sangre y agua en el piso.
De a poco, se dio vuelta. El cuchillo seguía aferrado a su mano derecha. Sus ojos estaban desorbitados, la mirada perdida. Estaba transpirando y sus prendas estaban manchadas. Las palabras salieron de su boca lentamente, como flotando. Todo parecía flotar en ese lugar:
-Fue muy difícil separar los bifes, estaban muy congelados.

viernes 1 de enero de 2010

Sólo la décima vez que lo repitió en voz alta logró convencerse a sí mismo. "Dar un paso hacia adelante, por más pequeño que sea, es mejor que tropezarse con la simple esperanza de lo que podría ser", dijo con modulación, ritmo y entonación perfectas; un mantra sin forma de mantra, pero mantra al fin. Su mantra.
Sacudió su cabeza, se llevó ambas manos a la frente y comenzó a reirse con ganas. Las carcajadas resonaron en un eco burlón y hasta desagradable; la habitación estaba vacía, si no se tenía en cuenta la polvorienta banqueta de madera en la que estaba sentado.
Rogelio Fuente bajó la cabeza y se perdió nuevamente en sus cavilaciones.

viernes 17 de julio de 2009

Invierno

Ay Dios qué será de este invierno, dijo en voz alta y se sorprendió por su arrebato de espiritualidad y pensó, en ese momento, en si realmente podía creer que existía un Dios, así con mayúsculas, responsable del azaroso y caótico -y cruel- mundo. Se sentó de nuevo pesadamente en el sillón azul marino -acababa de pararse para ir a hacer ya no se acordaba qué- y agarró el portarretratos que lo miraba desde la mesa ratona. Seis, siete meses, no se acordaba ya cuántos, de una vida distinta, alejada de ellos: sonrientes, hasta contentos si los apuraban, posando sus miradas sin saber en el lente que capturaría su última emoción placentera.

Pensó en silencio.

Afuera, el frío dolía. Él lo sentía, a pesar de los leños encendidos en el hogar. Dolían sus huesos, su carne, su piel: el frío que sentía trascendía lo que podría medir el mercurio de los termómetros, llegaba a él desde lo más profundo de su ser, desde el pasado: desde hacía seis, siete meses, quién sabía…

Apoyó su espalda en el respaldo, tiró su cabeza hacia atrás y, por un momento, observó en el techo, con lágrimas en los ojos, la vida suya que se había llevado ese invierno, que había empezado quién sabe hace cuánto.